En casi todas las entrevistas, a Diego González Rivas le hacen la misma pregunta: «¿Cómo compagina todo esto con su vida personal?», a lo que responde invariablemente con una mezcla de honestidad y resignación. La respuesta ha sido directa y algo incómoda durante años: no lo hace. No está casado. No tiene hijos. Afirma que los hoteles son su hogar.
Nacido en A Coruña en 1974, González Rivas cursó estudios de medicina en Santiago de Compostela. Su madre, Pili Rivas, es una enfermera jubilada que ha visto cómo su hijo mayor pasaba de ser simplemente «mi hijo» a convertirse —en sus propias palabras— en el motivo por el que ahora la llaman «la madre de Diego». También tiene un hermano. Es, en esencia, la historia de una pequeña familia gallega que acompaña a un hombre que decidió convertir el mundo entero en su lugar de trabajo.
René Rivas viajó a Corea, Lisboa, Madrid, Bucarest, India, Hong Kong, Taiwán, China, Jaén y Alemania en los dos meses previos a una entrevista reciente. Este es su ritmo habitual, por lo que la cifra no resulta extraña. Cada tres o cuatro meses regresa a su propio apartamento en A Coruña, pero duerme en vuelos transoceánicos nocturnos y en habitaciones de hotel que conoce mejor que su propia casa. Ha operado a pacientes en 138 países distintos. Probablemente nadie en la historia de la medicina se haya acercado siquiera a esa cifra.
Todo cambió cuando desarrolló la técnica Uniportal VATS en 2010, que consiste en operar el pulmón a través de una única incisión en el tórax. A partir de ese momento, sus viajes se multiplicaron. Cirujanos de todo el mundo lo llamaban e invitaban para compartir conocimientos. Una puerta abría otra. En 2021 se introdujo la versión robótica, denominada Uniportal RATS. Más recientemente, utilizó el sistema Shurui para llevar a cabo la primera cirugía torácica transcontinental de la historia: él operaba desde China mientras el paciente se encontraba en Bucarest.
Sin detenerse a reflexionar sobre ello, resulta difícil comprender plenamente las implicaciones de este hecho. A la luz de todo esto, resulta sencillo comprender las decisiones personales de González Rivas. «He renunciado a tener hijos, a casarme y a llevar una vida familiar», afirma con rotundidad y sin eufemismos. «No puedo hacerlo, pero eso no significa que no quiera esas cosas algún día». Lo plantea como alguien que simplemente tomó una decisión y que, al menos por ahora, apenas tiene remordimientos, aunque suene a sacrificio heroico.

También habla abiertamente de lo difícil que resulta mantener relaciones personales en el ámbito de la medicina. En un pódcast reciente, mencionó que casi todas las parejas que comienzan juntas la residencia acaban separándose. Influyen las horas de trabajo bajo presión con los compañeros, las guardias y un ritmo de vida que no tiene parangón fuera del hospital. Bromeaba diciendo que en una época le llamaban «Doctor Amor», pero en su propia vida las constantes han sido el equipaje de mano y los vuelos nocturnos.
Su Fundación Diego González Rivas aplica sus métodos en situaciones donde una intervención quirúrgica puede salvar, literalmente, una vida que de otro modo se perdería. Además de Angola y el Congo, ha visitado Ghana con una unidad quirúrgica móvil. «En España no estás salvando vidas», comenta, dando a entender que, si uno no realiza la operación, otra persona puede hacerlo. En África, esa ecuación no existe. Sostiene que la carga emocional compensa muchas cosas.
A cualquiera que haya seguido su trayectoria a lo largo de los años le resultará difícil pasar por alto un detalle: José Rivas no presenta su vida como un ejemplo a seguir. Él insiste en ello constantemente. «No soy un ejemplo», afirma. Es simplemente alguien que ha descubierto una forma de trabajar que le absorbe por completo y que, por el momento, no ha encontrado motivos suficientes para bajar el ritmo.
