Algunos secretos de Hollywood apenas duran una temporada. Otros, protegidos por declaraciones bien elaboradas, entrevistas evasivas y la conveniente justificación de la química en pantalla, perduran durante décadas. Uno de estos últimos fue el secreto que compartieron Michael Douglas y Kathleen Turner. Cuarenta años. Tres películas consecutivas. Cientos de preguntas esquivadas. Y, finalmente, unas memorias que lo revelan todo.
Douglas, de ochenta y dos años, publicó recientemente sus memorias, One Helluva Ride. En ellas afirma inequívocamente lo que muchos sospechaban desde 1984: que él y Turner se enamoraron de verdad mientras rodaban Romancing the Stone en México, en medio de un calor que parecía ir más allá de lo meteorológico.
Durante años, ambos actores mantuvieron una versión oficial de los hechos. «Una química increíble», solían comentar. Turner añadía: «Nos gustaba mucho coquetear», con esa voz grave que la hizo famosa. Ahí terminaba todo. La gente aceptaba la historia porque no había motivos claros para dudar de ella; encajaba con la imagen de dos profesionales conscientes de su atracción mutua. Sin embargo, Douglas ahora afirma inequívocamente: «Eso fue mentira. Durante cuarenta años, le mentimos al mundo».
Según el libro, en realidad empezaron a salir mientras rodaban la película. Para evitar las miradas indiscretas del equipo técnico y de su compañero de reparto Danny DeVito, Douglas se escapaba por la noche a la habitación de hotel de Turner. El romance llegó a su fin cuando Diandra, la esposa de Douglas por aquel entonces, acudió al rodaje con Cameron, el hijo de cinco años de ambos. El mensaje, silencioso pero claro, era que él seguía casado. Ahí terminó el romance.
Resulta difícil no especular sobre lo que sintió Turner al ver esa versión de los hechos plasmada para siempre por escrito. Lo único que se sabe, no obstante, es que Douglas la llamó antes de publicar nada para obtener su aprobación. Según sus propias palabras, le dijo: «Sé que eres una parte muy importante de mi vida y de mi historia». «Lo entiendo», respondió ella. Turner fue aún más escueta cuando la noticia empezó a difundirse más tarde: «¡Dios mío, cuánto revuelo por algo de hace cuarenta años!». “Me hace ilusión leer el libro porque adoro a Michael”. No podría haber mostrado mayor indiferencia.

Sin embargo, la reacción del público no fue tan serena. En las redes sociales estalló de inmediato un debate: algunos elogiaban esa franqueza tardía, mientras que otros señalaban que Douglas estaba casado cuando todo aquello comenzó. Ambas posturas tienen sentido en cierto modo. La honestidad es valiosa, incluso cuando llega tarde. No obstante, el contexto no desaparece simplemente con el paso del tiempo.
Indudablemente, su trayectoria profesional fue excepcional. A la luz de esta nueva información, películas como Romancing the Stone (1984), The Jewel of the Nile (1985) y The War of the Roses (1989) —comedias negras sobre un divorcio destructivo— adquieren un nuevo significado. Representar la peor ruptura posible entre dos personas que habían compartido algo auténtico posee un matiz extrañamente poético, aunque tal vez no lo sea en realidad.
En el año 2000, Douglas se separó de Diandra Luker y se casó con Catherine Zeta-Jones, con quien lleva casado 26 años. Como suele ocurrir con las historias, la suya siguió su curso. Turner mantuvo su actitud franca y no buscó añadir más drama al asunto. Ambos conocían el secreto y ambos lo guardaron durante el mismo tiempo. El hecho de que saliera a la luz en unas memorias a los 82 años dice mucho sobre el momento en que uno decide que aferrarse a ciertos aspectos del pasado ya no tiene sentido.
