Cuando Felipe González habla en público, hay algo difícil de ignorar. Es algo más que el poder que otorga haber gobernado España durante catorce años. La idea de que un hombre que estuvo en el centro de la historia reciente de la nación aún tiene cosas que decir —y de que sus opiniones no siempre son bien recibidas— resulta algo más esquivo, casi inquietante.
Para rendir homenaje a dos líderes socialistas fallecidos, Javier Lambán y Guillermo Fernández Vara, González intervino en el Ateneo de Madrid el 7 de octubre de 2026. Fue su primera aparición pública desde que Pedro Sánchez anunció que las elecciones generales se celebrarían el 29 de noviembre. Además, el acto generó numerosos titulares, como suele ocurrir cuando González toma la palabra. El expresidente del Gobierno, sevillano de 84 años —nacido el 5 de marzo de 1942—, no se limitó a homenajear a sus compañeros; también expresó su opinión sobre la situación política actual, sin andarse con rodeos.
Sus comentarios iban dirigidos específicamente a Sánchez. Tras una votación perdida, González manifestó su dificultad para aceptar la afirmación del presidente del Gobierno de que el Congreso había «traicionado» a la mayoría.
La crítica fue reflexiva y certera. Según González, las elecciones pierden su sentido si se puede desestimar al Parlamento como órgano representativo válido simplemente porque el resultado de una votación resulta incómodo. Advirtió: «El próximo Parlamento podría ser desestimado con la misma facilidad». Este tipo de razonamiento no es espontáneo, sino fruto de décadas de reflexión sobre la vulnerabilidad de las instituciones democráticas.
Las reacciones a estas declaraciones permiten comprender la dinámica interna del socialismo español. José Félix Tezanos, presidente del CIS y figura cercana a la actual dirección del PSOE, respondió con dureza en un artículo para la revista que dirige. Acusó a González de cambiar de bando, de tener una visión «apocalíptica» de Sánchez y de situarse progresivamente en las «antípodas de lo que representa el PSOE». Las declaraciones de Tezanos resultan reveladoras no tanto sobre González como sobre el propio partido: existe un gran malestar en torno a quien fuera su figura más destacada del siglo XX y que ahora parece hablar desde fuera.
González se afilió al PSOE en 1964, cuando el partido operaba en la clandestinidad y las reuniones podían acarrear graves consecuencias. En 1974 fue nombrado secretario general. Entre 1982 y 1996, lideró la transformación económica sin precedentes de España, la modernización de los sistemas sanitario y educativo, y la incorporación del país a la Comunidad Europea.
Su gestión también tuvo aspectos negativos; su último mandato se vio empañado por el escándalo de los GAL, cuyas repercusiones aún afectan a algunas personas. No obstante, resulta difícil resumir en un solo titular la obra que González construyó durante aquellos años.

Su postura actual resulta intrigante, y no precisamente porque critique a Sánchez —algo que hacen muchos otros—. Lo que llama la atención es su perspectiva: habla desde el mismo contexto histórico que el partido actual reivindica, y lo hace con la autoridad de quien apoyó la Constitución de 1978 y quien, según sus propias palabras, «volvería a votar lo mismo». Por ello, goza de un peso específico del que carecen los críticos externos. Y ahí parece residir, precisamente, la fuente del malestar.
Es posible que González y el PSOE actual simplemente no hablen el mismo lenguaje político, o que existan diferencias significativas entre su concepción de la democracia representativa y las políticas actuales del partido que dificulten la comunicación. Aunque no parece haber mucho margen para el entendimiento mutuo, no se trata de una ruptura dramática ni oficial.
Sigue activo a sus 84 años y continúa alzando la voz. Resulta muy revelador —tanto sobre cuánto ha cambiado el partido como, según se mire, sobre lo poco que ha cambiado él— que sus declaraciones susciten reacciones tan intensas en el seno de la formación que lideró durante más de dos décadas.
