Adrià Alemany y Ada Colau se conocieron en una manifestación por el derecho a la vivienda en Barcelona a principios de la década de 2000. En al menos una ocasión memorable, ambos se disfrazaron de «Supervivienda», un superhéroe de fabricación casera que protestaba contra la burbuja inmobiliaria en España. Ambos eran jóvenes y compartían indignación por las mismas causas. «Muy romántico y muy friki a la vez», comentaría Alemany años más tarde. Es un detalle que arroja luz sobre cómo funcionaba su relación: la ideología iba primero, y todo lo demás venía después.
Alemany, nacido en 1979, estudió Economía en la Universidad Pompeu Fabra antes de cursar un máster en Relaciones Internacionales. Tras graduarse, trabajó como camarero en Irlanda durante unos años antes de regresar a Barcelona e involucrarse en el activismo por la vivienda. Más tarde trabajó para una empresa de alquiler de vehículos. Finalmente, su camino se cruzó con el de Colau a través del colectivo V de Vivienda. Tras casarse, ambos construyeron una vida que, en sus propias palabras, estaba casi inseparablemente ligada a su labor política. No había cine ni cenas románticas; su vida era el activismo.
Cabe destacar que Colau, nacida en el barrio barcelonés de El Guinardó en 1974, abandonó sus estudios de Filosofía en el último curso para centrarse en el activismo, primero contra la Guerra del Golfo y después contra las injusticias en materia de vivienda. De los dos, ella era la más conocida. Él, el economista detrás de las campañas, tenía un perfil más reservado y técnico. Sí se puede! y Vidas hipotecadas (2012) son dos libros que escribieron conjuntamente.
Los nombres de ambos estuvieron vinculados a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), que se convirtió en uno de los movimientos de base más mediáticos de Europa, aunque era el nombre de ella el que aparecía en los carteles.

Alemany acompañó a Colau cuando esta dio el salto a la política institucional en 2015, creando la coalición Barcelona en Comú y ganando la alcaldía de la ciudad. Él asumió la responsabilidad de las relaciones institucionales y políticas del partido. Colau habló con franqueza sobre el asunto en aquel momento, afirmando que la organización del partido había tomado la decisión por su cuenta.
Fue una medida polémica —aunque no ilegal— que resultó incómoda a la vista. Si bien el acuerdo no era inusual para los estándares de la política española, los críticos no quedaron del todo satisfechos con la explicación. Además, él había trabajado durante seis años como asesor financiero para el FC Barcelona, un detalle que añadía otra dimensión que generaba dudas sobre cómo abordarla.
Su segundo hijo, Gael, nació en 2017, durante lo que Alemany describió a The New York Times como una etapa de máxima intensidad. Su primer hijo, Luca, había nacido durante los primeros años de la PAH. «Nada de cenas románticas ni cine», declaró. «El activismo es nuestra vida». Dado que se separaron en 2022 —tres años después de aquella entrevista—, es posible que sus palabras se interpretaran de otra manera en su momento. Lo hicieron discretamente, sin emitir ningún comunicado oficial.
Colau no confirmó la noticia hasta que una publicación española empezó a indagar a principios de 2025. «Hace tres años que tomamos caminos separados. No tengo nada que ocultar. Ambos vivimos en Barcelona y nos llevamos muy bien por el bien de los niños». En esencia, esa fue toda la declaración.
Al leer entre líneas lo que han comentado personas de su entorno, da la impresión de que quince años compartiendo un objetivo común terminaron por desgastar la relación. «Se acabó por agotamiento», señaló una persona cercana a la pareja. «Se quieren y se admiran profundamente». No están divorciados legalmente. Sus hijos —actualmente uno adolescente y el otro todavía pequeño— asisten a escuelas públicas. Al parecer, ambos padres siguen viajando con ellos ocasionalmente.
Desde la separación, ambos han seguido caminos distintos con discreción. En 2024, Colau dejó su cargo público y su puesto en el ayuntamiento; actualmente preside la Fundación Sentit Comú, una organización de izquierdas centrada en analizar el auge de la extrema derecha en Europa. Publica contenido ocasional en Instagram, asiste a actos feministas y del colectivo LGBTQ+, y mantiene un perfil relativamente bajo. Su gata Lluna, que recientemente sobrevivió a un fallo multiorgánico, se ha convertido en una presencia peculiar en su feed. Por su parte, Alemany ha empezado a componer e interpretar música. Tiene prevista una actuación en el Harlem Jazz Club de Barcelona. En una de sus canciones habla de los años que pasó con Colau, de la ciudad que lleva su nombre y de las noches en que sus hijos esperaban a que ella regresara. Canta sobre ella sin resentimiento.
En todo esto, resulta difícil no percibir algo sutilmente digno de respeto: dos personas que criaron a sus hijos en el marco de uno de los proyectos políticos más complejos de la historia urbana reciente de España, que construyeron sus vidas públicas en torno a convicciones compartidas y que supieron preservar lo esencial cuando todo aquello terminó.
